sábado, agosto 16

EL HIJO DEL CEMENTERIO (de El País.es)


¡JESÚS! Hace mucho que no me horrorizaba tanto con una historia. No creo que este tipo haya copiado de la tele juegos violentos (o tal vez sí, que se pasó 11 años en prisión muy tranquilito, quién sabe!); ni le hayan influenciado los juegos de rol! ¡Es increíble! Felicito al periodista Jerónimo Andreu y lo compadezco por tener que tragar "éso".


Francisco García Escalero, un mendigo esquizofrénico y obsesionado con la muerte, se confesó autor de más de una docena de asesinatos a mediados de los noventa
JERÓNIMO ANDREU 16/08/2008
La mañana del 22 de diciembre de 1993, el abogado Ramón Carrero entró en la enfermería de la cárcel de Carabanchel. Le esperaban un psiquiatra, dos inspectores del Grupo de Homicidios y un transcriptor. Junto a ellos, un vagabundo: su cliente. Un hombre en pijama, con un mar de tatuajes anudado a los brazos y barba rala. Carrero había recibido una llamada del Colegio de Abogados la noche anterior, en su turno de oficio. Sabía que tenía un caso que defender, pero no se imaginaba que su hombre era uno de los mayores asesinos en serie de la historia de España.
Hierático, indolente, el vagabundo miraba fijamente pese al estrabismo de su ojo derecho. Se llamaba Francisco García Escalero y tenía 39 años. Un hombre al que, en el juicio que vendría, los psiquiatras iban a definir como "paradigma de la locura". La policía quería demostrar que había matado a Víctor Luis Criado, de 34 años, un compañero del hospital Psiquiátrico Provincial. Su cuerpo había aparecido calcinado junto al cementerio de la Almudena. La policía detuvo a Francisco, que había abandonado el centro con Víctor el 19 de septiembre para regresar a las pocas horas solo. Nadie se imaginaba la cadena de horrores que iba a desvelar la confesión de aquel crimen.
Únicamente hablaba cuando le preguntaban. Sin inmutarse, García Escalero confesó que había machacado el cráneo de Víctor. A un policía se le ocurrió preguntar por otro crimen, y él respondió. Siguió haciéndolo durante cuatro horas, describiendo con su voz cavernosa escenas cada vez más escalofriantes. A veces sonreía tímidamente. Ante la perplejidad de la policía, se atribuyó 11 crímenes entre agosto de 1986 y septiembre de 1993. En días posteriores reconoció cuatro homicidios más que no pudieron ser probados. Todas las víctimas eran limosneros cuya desaparición estaba enterrada en el cajón de casos sin resolver.
Mataba siguiendo un patrón. Con el dinero que mendigaba junto a las víctimas compraba alcohol. Bebía, perdía el control y las apuñalaba o lapidaba. Luego quemaba los cadáveres con colchones viejos y cartones. En ocasiones les rebanaba los pulpejos de los dedos para dificultar su identificación. Tres de los muertos aparecieron en un pozo de la Cuesta del Sagrado Corazón. Escalero los arrastraba hasta allí y los dejaba desplomarse en un vacío tan profundo que tenía que esperar varios segundos antes de oírlos tocar fondo.
Para la prensa, Escalero se convirtió en el "Mendigo Psicópata" o el "Matamendigos". Su cuadro clínico era espeluznante: esquizofrenia alcohólica, manía depresiva, necrofilia... Todo agudizado por una vida de vagabundeo y drogas. El psiquiatra forense Juan José Carrasco, uno de los responsables del informe pericial que se utilizó en el juicio, recuerda cómo el mendigo le explicó que la sinrazón criminal la podía desatar una discusión por un cartón de vino o un puesto en la puerta de la iglesia. "Eran luchas de supervivencia, de una brutalidad primitiva". Actuaba siempre narcotizado: cinco litros de vino diarios más un puñado de medicamentos psicotrópicos despertaban la voz que le controlaba desde su cabeza. La "fuerza interior" se apoderaba entonces de él, embriagadora, irresistible. Envestido de una energía descomunal, abría como piñones las cabezas de sus víctimas. En seis años dejó tras de sí un reguero de decapitados y mutilados, troncos huecos, sin entrañas ni corazón.
En parte de los ataques le acompañó su cómplice, Ángel Serrano, El Rubio. Fueron siete años de asociación criminal, pero Escalero no era un sentimental: acabó convirtiendo en papilla la cabeza de El Rubio la noche del 29 de julio de 1993.
La sexualidad atormentada del Matamendigos está detrás de muchas de sus agresiones. Era demasiado tímido y sólo lograba saciar sus apetitos con el cuerpo de los muertos, que le fascinaban. La policía lo había devuelto varias veces al Psiquiátrico Provincial tras descubrirlo profanando tumbas. En una ocasión lo encontraron frente a tres cuerpos desenterrados. Los había colocado contra un muro y se masturbaba frente a ellos; cuando le interrogaron aseguró que no había llegado más lejos porque la fetidez de la carne en descomposición era insoportable.
Sólo una persona sobrevivió a sus ataques: Ernesta de la Oca, una limosnera a la que Escalero y El Rubio acorralaron en un 7Eleven de la avenida de América, la arrastraron a la calle ante la mirada indiferente del guardia de seguridad y violaron en un descampado. La golpearon hasta que creyeron que estaba muerta. La mujer compareció en el juicio con el rostro cosido a navajazos y pedradas. "No me dejaban. Me tocaban como en un juego de imaginación. Les movía como una potencia". "Si quieres matarla, mátala", recuerda Ernesta que le dijo Escalero a El Rubio con displicencia mientras fumaba un cigarrillo y contemplaba la tortura. Después de declarar, Ernesta volvió a desvanecerse en su oscura noche de cartones de vino barato.
La casa de Escalero, un antiguo chamizo que hoy corresponde al número 36 de la calle de Marcelino Roa Vázquez, está a unos 200 metros del cementerio de la Almudena. Su madre, Gregoria, murió el año pasado. Los vecinos recuerdan a la familia como un grupo extraño. El único miembro que sigue vivo, el hermano de Francisco, pasa una vez al mes por la zapatería de la calle para pagar la comunidad. Los problemas entre Francisco y los vecinos eran constantes. Creía que le perseguían, que le espiaban miles de orejas pegadas a su puerta. En un rapto de locura tiró a una vecina por las escaleras.
Fue un paso más en un camino hacia el vacío que arrancaba de las lápidas entre las que Escalero consumió su infancia. Nació en 1954 en Madrid. Su padre, un albañil curtido en la miseria del campo de Zamora, le golpeaba con frecuencia. No entendía el culto a la muerte de su hijo, sus paseos de madrugada por el camposanto, los cortes que se infligía o su afición a arrojarse ante los coches. A los 14 años comenzó a desaparecer intermitentemente. Merodeaba con un cuchillo por casas abandonadas, espiando a parejas y masturbándose. Siempre volvía al cementerio. Allí, en 1973, participó en la violación de una mujer. En castigo pasó 11 años en prisión, durante los que no se le detectó ningún síntoma de locura. Quizá porque no se metía en problemas; prefería encerrarse a jugar con sus mejores amigos, "los pájaros muertos que guardaba en la celda", recuerda el doctor Carrasco que le reveló un día.
Cuando recobró la libertad se encontró en un mundo hostil. Apenas sabía leer, no trabajaba. Empezó a mendigar por las avenidas de Madrid, narcotizado hasta que la "fuerza interior" le poseía y le insuflaba una vida de una intensidad demoniaca.
En una sofocante tarde de verano, el forense Juan José Carrasco pelea contra el aire acondicionado de su consulta. "El problema de Escalero es que no estaba ingresado ni recibía tratamiento", explica. "Permanecía en el espacio de la marginación. Falló él, pero también el resto de la sociedad. La red sociosanitaria no supo prever ni evitar las consecuencias de su locura". Después de cada crimen, el asesino regresaba al Psiquiátrico Provincial y forzaba su ingreso entre hipidos: "He matado a alguien". Nadie le tomó en serio.
A lo largo del juicio, en la Sección Primera de la Audiencia Nacional, Escalero mejoró físicamente. Acudía con la calva repeinada y las mejillas arreboladas. Permanecía siempre cabizbajo, escuchando. La tranquilidad con que subió al estrado el día de su declaración cortó la respiración de la sala.
-¿Recuerda usted a Julio Santiesteban, al que mató en un descampado de Hortaleza?
-Por el nombre no lo recuerdo bien.
-¿Recuerda que le acuchilló y que después le cortó el pene y se lo introdujo en la boca?
-No recuerdo. Estaba bajo el efecto del alcohol y de las pastillas. No sabía lo que hacía.
A su lado se sentaba su nuevo abogado. Atraído por la sangre y la luz de los flashes, se había incorporado al espectáculo un letrado con vocación de tiburón: Emilio Rodríguez Menéndez, poco ortodoxo conductor de casos como el de La dulce Neus o El Dioni. Ramón Carrero, el viejo abogado de oficio, aún no ha olvidado el día en que descubrió que la defensa de García Escalero ya no dependía de él. "Antes de que las diligencias llegaran al juzgado, Rodríguez Menéndez se cruzó y se llevó el caso de mi vida", explica con su voz rota por el tabaco. Se detiene y da una calada al pitillo apoyado en la puerta de la Consejería de Asuntos Sociales de la Comunidad de Madrid, donde trabaja como consultor. "Es una de esas experiencias que te agrían el carácter", sonríe y se echa el pelo hacia atrás con un golpe de mano.
"La defensa no tenía ninguna dificultad: el informe pericial era avasallador", explica el forense Carrasco. Reconocida la autoría y la inimputabilidad de Escalero por enfermedad mental, el juicio se centró en determinar si le confinarían a un hospital penitenciario o a una residencia civil, como solicitaba Rodríguez Menéndez. El abogado no consiguió seducir al tribunal, pese a su intento de presentar a su cliente como un niño grande un poco bruto. "Le voy a decir al juez que voy a ser bueno y que nunca más beberé vino, para no hacer cosas tan malas como las que he hecho. Y que tomaré la medicación que el médico me diga", solía musitarle Escalero al abogado, según contó éste a los periodistas.
El tribunal entendió que Escalero, autor de 11 asesinatos, una agresión sexual y un rapto, era un hombre peligroso cuyo "riesgo de fuga sería incuestionable" en un centro abierto. Después, Rodríguez Menéndez perdió varios juicios más; el último, el suyo: en 2005 fue condenado a seis años por un delito contra la Hacienda pública, y a dos más por difundir un vídeo erótico de un famoso periodista.
Escalero terminó en el psiquiátrico penitenciario de Fontcalent (Alicante). Instituciones Penitenciarias no permite hablar con él. Sólo el tribunal tiene noticias suyas: cada seis meses recibe un informe sobre su evolución. Carrasco tuerce el gesto. Sabe que sus posibilidades de rehabilitación son remotas. No podrá permanecer en Fontcalent más de los 30 años equivalentes a la pena máxima. Después pasará a otro centro, más tarde, a otro.
"Los albergues están llenos de personas como él", afirma el psiquiatra. "Antes estaban en los manicomios, que se cerraron por caros e impopulares. Los dementes han pasado a la mendicidad, muchos recalan en la cárcel, sin tratamiento". Un problema que merece atención, aunque no todos sigan el itinerario del limosnero de Madrid. Su caso es especial. El psiquiatra recuerda la última vez que se vieron, cuando preparaba su informe. Escalero le miró con su ojo estrábico: "Las voces siguen... Se ríen de mí... Me dicen que quieren sangre".
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SIMPSON, AMARILLO Y VICIOSO, DOLOROSO...


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Pienso, luego... ¡mosquis!

Las enseñanzas filosóficas implícitas en los personajes de Los Simpsons

JORDI SOLER - Barcelona - 16/08/2008

En la Universidad de Berkeley, en California, se imparte un curso de filosofía fundamentado en la vida cotidiana de la familia Simpson. El maestro y sus alumnos van tomando nota, a lo largo de un semestre, de los actos y los diálogos que la tribu de Homer va desvelando semanalmente en la televisión; este conocimiento, aparentemente superfluo, les sirve para comprender, y luego aplicar, los engranajes del pensamiento filosófico. Matt Groening, artífice de esta familia dolorosamente arquetípica, sostiene: "Los Simpson es un programa que te recompensa si pones suficiente atención". Sus célebres episodios pueden entenderse en distintos niveles, divierten a niños, a adultos y a filósofos; tres datos sobre la inversión que lleva cada capítulo de esta serie dan una idea de su complejidad: 300 personas, que trabajan durante 8 meses, con un costo de 1,5 millones de dólares.

La misma idea de convertir a la familia Simpson en materia de especulación filosófica es el tema de un curioso libro, The Simpsons and philosophy: the D'oh of Homer (ese D'oh se traduce en la versión española por "mosquis", la célebre interjección de Homer). Una nueva editorial, Blackie, lo publicará en España en invierno con el título de Los Simpson y la filosofía. En este volumen, un éxito de ventas en EE UU e Italia, 20 filósofos, de diversas universidades de Estados Unidos, ensayan sobre esta familia y su entorno en la desternillante ciudad de Springfield. El compilador de este proyecto de reflexión colectiva es William Irwin, profesor de filosofía del Kings College, en Pensilvania, con la participación de Mark T. Conrad y Aeon J. Skoble; Irwin es también autor de un célebre ensayo, en la misma línea de filosofía pop, titulado Seinfeld and philosophy (Seinfeld y la filosofía), donde, en un ejercicio a caballo entre la reflexión y la enajenación que produce mirar tantas horas la tele, desmonta filosóficamente la vida del solterón neoyorquino y el grupo de solterones que lo rodean.

Los Simpson y la filosofía comienza con un ensayo de Raja Halwani dedicado a rescatar, filosóficamente, lo que Homer tiene de admirable, y el punto de partida para esta empresa imposible es Aristóteles, ni más ni menos. "Los hombres fallan a la hora de discernir en la vida qué es el bien"; esta idea aristotélica consuena con esta idea homérica, de Homer Simpson: "Yo no puedo vivir esta vida de mierda que llevas tú. Lo quiero todo, las terroríficas partes bajas, las cimas mareantes, las partes cremosas de en medio". La interesantísima radiografía filosófica de Homer que hace Halwani viene salpicada con diálogos y situaciones que hacen ver al lector lo que ya había notado al ver Los Simpson en la televisión: que Homer, fuera de algunos momentos de intensa vitalidad, casi todos asociados con la cerveza Duff, no tiene nada de admirable. "Brindo por el alcohol, que es la causa y la solución de todos los problemas de la vida", dice Homer en un momento festivo, con una jarra de cerveza en la mano, y unos capítulos más tarde se sincera con Marge, su esposa: "Mira Marge, siento mucho no haber sido mejor esposo; estoy arrepentido del día en que intenté hacer salsa en la bañera y de la vez en que le puse cera al coche con tu vestido de novia... Digamos que te pido perdón por todo nuestro matrimonio hasta el día de hoy".

El libro se divide en cuatro grandes secciones: personajes, temas simpsonianos, la ética de los Simpson y los Simpson y los filósofos. El resultado, como suele suceder en los libros de varios autores, es desigual y ligeramente repetitivo; sin embargo, su lectura puede ser muy instructiva para los millones de forofos de esta serie que desde 1989 presenta una visión de la sociedad en dibujos que se parece bastante a la realidad de la familia occidental; en sus episodios, además de la lúcida disección que se hace del zoo humano, se tratan temas muy serios como la inmigración, los derechos de los homosexuales, la energía nuclear, la polución, y todo teñido de una sátira política que al final, como sucede casi siempre en los ambientes de Hollywood, resulta ser más demócrata que republicana.

Hace unos años, Matt Groening declaró que el gran subtexto de Los Simpson es éste: "La gente que está en el poder no siempre tiene en mente tu bienestar". La serie está basada en la desconfianza que siente el ciudadano común frente al poder, en todas sus manifestaciones, y en la necesidad que éste tiene de preservar a su familia que, por disfuncional que sea, termina siendo el último refugio posible. En los capítulos que se ocupan de los personajes de la serie, los filósofos autores de este libro aprovechan para revisar el antiintelectualismo yanqui a la luz de Lisa, o el silencio de Maggie a partir de esa idea de Wittgenstein que dice "los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo"; también hay una sesuda reflexión sobre Marge, esposa y madre, como referente moral de la familia Simpson, y del pueblo de Springfield; en uno de los episodios aparece este diálogo, debidamente consignado en el libro, entre Marge y el tabernero Moe:

Moe: "He perdido las ganas de vivir".

Marge: "Oh, eso es ridículo, Moe. Tienes muchas cosas por las que vivir".

Moe: "¿De verdad?, no es lo que me ha dicho el reverendo Lovejoy. Gracias Marge, eres buena".

Bart Simpson es analizado con óptica nietzscheana; Mark T. Conrad intenta armonizar la vida gamberra de este niño con el rechazo de Nietzsche a la moral tradicional. "Yo no lo hice. Nadie me ha visto hacerlo. No hay manera de que tú puedas probar nada", se defiende Bart en uno de los episodios, ignorando esta contundente línea de Nietzsche que lo justifica: "No existen los hechos, sólo las interpretaciones".

Además de Nietzsche y Aristóteles, Los Simpson y la filosofía echa mano de Kierkegaard, Camus, Sartre, Heidegger, Popper, Bergson, Husserl, Kant y Marx, y este último filósofo da sustancia al divertido capítulo Un (Karl, no Groucho) marxista en Springfield, donde James M. Wallace llega a la conclusión de que los Simpson son capitalistas y, simultáneamente, críticos marxistas de la sociedad capitalista. A la hora de desmontar filosóficamente a Homer, Raja Halwani llega a la conclusión de que el tipo de carácter que tiene este personaje, desde el punto de vista aristotélico, es el vicioso, su escaso autocontrol frente a la ira, la alegría, el sexo o la cerveza, sus mentiras y su cobardía histérica en las situaciones en que tendría que responder como jefe de la tribu, lo sitúan como la antítesis de la templanza. Esta línea, dicha por él mismo cuando peligraba su integridad física, describe bien al entrañable personaje: "¡Oh, Dios mío; criaturas del espacio! ¡No me coman, tengo esposa e hijos!; ¡cómanselos a ellos!".

La sabiduría amarilla, en frases

Una selección de algunas de las frases más memorables de Homer Simpson:

- ¿Yo no puedo vivir esta vida de mierda que llevas tú. Lo quiero todo: las terroríficas partes bajas, las cimas mareantes, las partes cremosas de en medio...?.

- ¿Brindo por el alcohol: que es la causa y la solución de los problemas de la vida?.

- ?Intentar algo es el primer paso hacia el fracaso?.

- ?Normalmente no rezo, pero si estás ahí, por favor sálvame, Superman?.

- A Billy Corgan, de The Smashing Pumpkins: ?¿Sabes? Mis hijos piensan que eres fantástico. Y gracias a tu música depresiva han dejado de soñar con un futuro que no puedo darles?.

- ?¿Cuándo aprenderé? Las respuestas de la vida no están en el fondo de una botella. ¡Están en el televisor!?.

- ?Sólo porque no me importe no significa que no lo entienda?.

- ?Si cuesta trabajo hacerlo, es que no merece la pena?.

- ?Quiero decirte las tres frases que te acompañarán en la vida. Uno, ?cúbreme?; dos, ?jefe, qué gran idea?; tres, ?así estaba cuando llegué??.

- ?Hijo, una mujer es como una cerveza. Huelen bien, se ven bien, ¡y matarías a tu madre por una! Y no puedes tener sólo una. Querrás beber a otra mujer?.

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Una boca pálida, por Farah Hallal

Una mano sangrante se me funde en el pecho. La perfección del pétalo tiene este charco de sangre. Una  boca muere gozosa y poseída, ...